En la procesión de Diego Trelles

Diego Trelles durante la entrevista. | © Michelle Carrasco

Entrevista realizada por Martín Carrasco

Desde que salió Conversación en la Catedral, esa monumental novela de Vargas Llosa sobre la dictadura de Odría, el Perú ha quedado huérfano. Lamentablemente no de dictaduras, sino de nuevas novelas que le hablen a ella, que pretendan abrir un diálogo y sugerir un diagnóstico, por más pesimista que éste sea.

La más reciente vivida como nación es la ejercida por Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. Mi memoria no registra obra que aborde, con la dimensión de Conversación en la Catedral, los años del ejercicio de su poder. Ni si quiera el propio Vargas Llosa lo ha logrado cuando publicó hace poco Cinco Esquinas, novela fallida cuyos alcances quedaron por debajo de las expectativas que sugería. Es por ello que la aparición de La procesión infinita, la última novela del escritor peruano Diego Trelles, enciende una vez más esa búsqueda de confrontación con una década crucial para entender el Perú de hoy, que desde la Academia ramas como la historia, la sociología y afines abordan, pero que han dejado a la literatura como una gran deudora.

La cita es en Jesús María, le he pedido a una prima que me acompañe y tome las fotos al escritor. Hemos quedado en vernos en una conocida panadería del distrito, en la avenida Salaverry. Son las diez de la mañana, en el primer piso no hay suficiente luz para las fotos. Aún no llega Trelles.

El segundo piso es de ventanas amplias, la iluminación cumple con las limitaciones de la cámara. A nuestro lado, un señor mayor lee El Comercio, bebe su café y quizás no se pregunte por esa deuda que aún nos tiene la literatura. Jesús María queda muy cerca a Magdalena, barrio del escritor y escenario de algunas de sus obras.

―Tiene la calle de un chico de barrio de Magdalena ―me dijo hace unos días alguien mientras hablábamos de La procesión infinita, pero se fue sin antes explicar a qué se refería con eso. Magdalena es un distrito referencial para la literatura peruana e incluso para el cine. Cuenta con una película insignia como Ciudad de M, basada en otra novela, injustamente olvidada, como Al final de la calle.

―Ahí viene.

Mi prima señala con el dedo y Trelles nos reconoce, vale decir que nunca nos hemos visto. Ha sido amable, pienso, en aceptar esta entrevista teniendo la agenda recargada que debe tener al presentar dos libros casi al mismo tiempo. Pues el novelista también acaba de publicar su ensayo ganador del premio Copé, de extenso título: Detectives perdidos en la ciudad oscura. Novela policial alternativa en Latinoamérica. De Borges a Bolaño.

Él no lo sabe, pero hace poco lo vi en el Sargento Pimienta y entonces pensé en el Chato, personaje reincidente en su nueva entrega. ¿Qué tanto se parecen? Diego me comenta que le divierte utilizarse a sí mismo como personaje, como alter ego reconocible y generar esa confusión. No son el mismo, claro está, pero lo hace llamar el Chato y yo le llevo a él ―a Trelles― unos centímetros, sin ser alto.

Frente a mí un escritor que empezó en el cine y cuyo último trabajo ha quedado finalista del premio Herralde de novela, contando una historia que aún nos toca en presente.

―¿Cómo escribir sobre una situación política sin caer en el panfleto?

―Yo creo que el panfleto es un problema de tratamiento no solamente de la política, sino de un montón de cosas y creo que ahí está el talento del escritor. Algo importante es diferenciar al ciudadano del escritor, al artista de la persona pública. Yo, como persona pública, como ciudadano, tengo una opinión y la hago patente a través de la prensa y de un muro que es personal. Pero como escritor hago mis novelas desde la distancia. Y una de las cosas que uno va aprendiendo es que no tienes que decirle a ningún lector cómo debe pensar, qué estuvo bien o qué estuvo mal, sino proponerle escenarios posibles de cosas que en mi caso son hechos históricos. A mí me interesa hablar con los lectores, que los lectores se apropien del libro, que a partir del libro saquen las conclusiones que ellos quieran. Pero lo panfletario, lo que te lleve a los esquemas de lo que estuvo bien o estuvo mal, lo que es permisible o correcto no me interesa.

Conseguir una distancia es complejo y casi siempre es un debate permanente y abierto. ¿Sobre qué debe hablar la literatura? Para Trelles, un escritor realista, su literatura habla de lo social, de lo que jode, de esa herida abierta nacida con su generación. Abordarla constituye un reto en lo emocional y en lo técnico. Y es que La procesión infinita aborda una memoria compleja en pocas páginas. Lo que podría constituir un reto.

―Supuso un reto porque veníamos de Bioy, que es un edificio, un manicomio sin puertas. Que forma parte de la misma trilogía (que no es saga) y en la que yo creo que la complejidad de Bioy se mantiene, mas no la severidad. La procesión infinita es una novela más amable con los lectores, Bioy era áspera. A mí no me interesa embellecer una situación que estaba fuera de control, absolutamente caótica. En ese sentido, Bioy era un intento de acercarte a esa realidad espantosa para reflexionar sobre ella e intentar de alguna manera superarla. No me interesan las novelas de violencia con un trasfondo de novela rosa o con un embellecimiento innecesario de algo que fue infernal.

A la opción política, le sigue una estética. Me urge preguntarle a Trelles sobre dos presencias que percibo en su escritura: Vargas Llosa y Bolaño.

―¿Cómo es tu relación con ellos?

―Vargas Llosa es bien claro en mis inicios, no sólo él sino Ribeyro, Reynoso, muchos. Pero Vargas Llosa no sólo era clave para mí, sino para muchos de los escritores de mi generación que están triunfando. Esta es una pregunta que acá en La procesión infinita es frontal, en un intento ya desde la estructura misma que tiene a estos dos personajes dialogando en una mesa en Francia, que son Pochito Tenebroso y el Chato. La alusión es clara a Ambrosio y Zavalita, de Conversación en la Catedral. Lo mismo Bolaño, él es un punto de inflexión, cuando empezaba ya mi carrera, a los veintitantos, yo había leído a todos los del boom, pero uno de los problemas graves de la gente de mi generación era que no sabían cómo quitarse. Hacían novelas muy buenas a veces, pero absolutamente “vargallosianas” y a mí me parecía que ese era un camino errado, ya que que significaba seguir la estela de un escritor que tenía un camino propio.

Bolaño sugiere una mirada aparte. No se trata sólo de su escritura, sino del descubrimiento de esa otra literatura menos difundida, escondida bajo la sombra del boom y que el chileno ayudó a rescatar. De la conversación surgen nombres como Piglia, Levrero, Ibargüengoitia.

―Me interesa mucho los escritores que son, en términos formales, muy arriesgados. Que tienen dominio técnico y que al mismo tiempo te pueden contar una historia.

Mientras escribo esto es probable que una mujer esté siendo atacada o simplemente siendo ignorada dentro del gremio literario, donde los que abundan son hombres. Por ello el tema de la mujer emerge en la conversación. Claro, ¿cómo abordar a Chequita y a Cayetana?

―El Perú es el país más conservador de América Latina, eso está claro y es orgullosamente conservador, orgullosamente machista, misógino. Lo que ha pasado en este gobierno, en comparación al anterior es un verdadero retroceso claro contra las minorías sexuales, contra las mujeres. Lo que han hecho con esa ley que las protegía es bárbaro, inaceptable. ¿Cómo hacer en ese caso? Pues nada, resistir. Al mismo tiempo creo que el futuro debe ser una revolución liderada por mujeres. Yo sí creo eso, en ese caso yo me siento absolutamente feminista, pero lo mismo que te decía antes, yo no voy a hacer una novela pro feminismo o lo que sea, no me interesa, yo voy a hacer una novela o una ficción donde haya personas que se puedan acercar desde sus lecturas a una posible lectura de, este caso, mujeres fuertes. En esta novela era claro que yo quería desarrollar un personaje como Cayetana Herencia, con toda su contradicción, un personaje como todos, que también está en duelo, que también está sufriendo. En contraposición tenemos a la Chequita y todo lo que se sugiere en términos de intimidad. Chequita es el personaje que va creciendo desde una posición que es la menos favorable en un país de castas como el nuestro, porque se encuentra con ese mundo de las letras y se deja la vida por él. Me interesaba mucho ese mundo de aquellos que en la vida real no necesariamente tienen la posibilidad de ingresar al mundo de las letras, de la literatura, porque tienen que sobrevivir. Estos dos personajes nacen de eso, de esa necesidad que sentí de acercarme un poco más al mundo de las mujeres.

¿Lo habrá logrado? Tal vez debí haber preguntado sobre qué personaje femenino escrito en la literatura peruana pudiera constituirse en ese tótem al cual superar. ¿Y la realidad? ¿Se puede escribir desde fuera de esta fatalidad? ¿Provoca hacerlo?

―No a mí. Las novelas de las bienaventuranzas deben ser interesantes como reto. Pero yo creo que la complejidad misma de la ficción te va acercando a los abismos del ser humano, de la naturaleza humana, que es rica en matices, en contradicciones y que es la base del melodrama, las bases de las tragedias son esas. Cambiar un poco este mecanismo podría dar una novela que no necesariamente sea, ni siquiera, apetecible de leer para mí. Uno siempre está intentando entender las novelas desde la manera en que los personajes luchan contra sus miedos, contra sus contradicciones, contra algo inesperado y eso inesperado es algo que debe estar presente en una buena historia.

Eduardo Halfon publicó una novela cuya pregunta base, que direcciona su historia, es imposible de responder. Me refiero a El ángel literario, publicada por la misma editorial que ahora edita a Trelles. La dificultad reside en acercarnos al preciso momento en el que uno decide o descubre que quiere ser escritor. La novela cierra con la misma interrogante abierta con la que se inició, al igual que esta entrevista. Porque esa pregunta, la de la búsqueda de la obra que nos hable de esa dictadura que nos golpeó es, por propia su naturaleza, una procesión infinita.

Read more

Nino Mirones: Desde la tierra de los cuentos

Nino Mirones. | © Spectros Film

Entrevista realizada por Federico Cisneros

Su voz todavía era un misterio, pero su nombre ya se había vuelto una leyenda. Recuerdo haberlo leído muchas veces. Lo encontraba escrito entre posters y agendas culturales repartidas por los muros de microcines, restaurantes vegetarianos y viejos cafés de la ciudad de Cusco, cuando vivía allá y caminaba solo por las calles pedregosas de Choquechaca y Marqués. Siete años después, de viaje por el pueblo de Urubamba, nuestra querida amiga Erika nos presentó en el Café El Pisonay, un espacio artístico al lado del Centro Cultural El ArteSano. Conectamos rápidamente y nos hicimos amigos.  Ahora, cada vez que vuelvo a saber de él, recuerdo la luz de su mirada y los primeros encuentros de aquellos días urubambinos.

Nino Mirones (1966, Huancayo, Perú), conocido como El Caminante de los Andes, viene dedicándose gran parte de su vida al maravilloso universo del arte. Entre otras cosas, Nino es actor, cuentacuentos, músico, docente, viajero y guardián de la palabra. Inspirado por la magia de los relatos y las aventuras viajeras, este año se lanzó de vuelta a navegar por tierras argentinas. Acompañado de su charango, su quena y su zampoña, llegó invitado a participar de diversos Festivales de Narración Oral.

Con ese pretexto lo buscamos para hablar sobre este nuevo tiempo de su vida, recordar los días inolvidables en el Valle Sagrado y saber sobre sus más recientes apariciones en los escenarios de la vida, rodeado de amigos, de naturaleza, de cuentos, sonidos y palabras mágicas que mantienen siempre encendida su conexión con el espíritu, con la sabiduría del corazón y las memorias ancestrales de los pueblos.

Nino, cuéntanos sobre tu reciente vida en Urubamba. ¿Cómo te animaste a ir por allá y cuánto tiempo estuviste radicando en Cusco?
Urubamba, el Valle Sagrado y el Cusco en general es uno de mis lugares predilectos en el mundo. Viví en la ciudad de Cusco 17 años, dedicado siempre al teatro y a la narración oral como artista y como profesor. Y entre ellas compartí la vida en el Valle Sagrado, primero en Lamay, donde trabajé en un hogar de niños huérfanos. Luego en Pisac y posteriormente en Urubamba. Voy por periodos y siempre ligado al trabajo escénico con niños, en talleres de teatro y narración oral.

Y sobre este último año allá, ¿a qué proyectos o actividades te has estado dedicando?
Volví de Argentina donde viví un poco más de dos años, a finales del mes de mayo de 2016, y me quedé hasta marzo de este año, dedicado y promoviendo la actividad cultural en el Valle. Trabajé en un proyecto con niños de una escuela en Yanahuara y en Urubamba. Y en El ArteSano, que es un Centro Cultural y Escuela de Idiomas de Urubamba, promovimos con el gran Beto Martinez y Erika Barreto un café, para darle vida a La Bitácora, un espacio de cuentería, donde todos los jueves nos reunimos a contar cuentos y a hacer tertulias.

Desde tu mirada de artista viajero, ¿cómo percibes el movimiento cultural en el Valle Sagrado?
Es muy lento pero, al mismo tiempo, muy interesante. Por ello trabajo más con los niños y jóvenes del lugar, pues ellos son los futuros artistas y el nuevo público. El tema es que todo está dirigido hacia el turismo y las autoridades locales no saben y no conocen mucho sobre Cultura Viva. No lo tienen registrado y el área de cultura de la Municipalidad está en la oficina de Desarrollo Social, que ve el tema turístico y de deportes, todo junto. Aún así, hay esfuerzos aislados e intentos de poder hacer algo más desde esas instancias gubernamentales. Pero independientemente, en el Valle Sagrado todo está por hacerse y se hace. Eso es lo bueno. Llega mucha gente de todas partes y se van haciendo cosas. Hay Festivales de Música, de Medicina, Encuentros de Teatro… También está el Festival de Narración Oral que apoya el ArteSano con Erika, desde hace ya varios años. En fin, como decía: lento pero seguro.

Antes de venir a Argentina en esta oportunidad, ya venías de viajar mucho en los últimos años. ¿Nos podrías contar un poco sobre esos viajes, Festivales y Encuentros de Narradores en los que has estado participando y los lugares que más te han encantado?
Vengo viajando seguido desde hace ya varios años por nuestra América Latina de norte a sur. El movimiento de la narración oral en esta parte del mundo ha crecido mucho, hay festivales y encuentros bastante buenos y ello permite que uno se reafirme en su vocación. Nos vamos conociendo y se forma una familia cuentera con la que compartimos y aprendemos mucho.  Compartimos nuestra labor, visitando escuelas, salas, bibliotecas en los diferentes pueblos de nuestra América. No podría decirte qué lugar me ha encantado más que otro, pues cada uno es diferente y mágico al mismo tiempo. No hay un solo festival que sea igual a otro, así como no hay cuento ni cuentero igual a otro. Somos diferentes y eso es lo hermoso porque en lo diverso nos unimos y nos une una misma pasión: preservar este viejo oficio. Anécdotas sí, hay muchas.

¿Cuáles son tus cuentos favoritos, o qué tipo de narraciones son las que más disfrutas?
Soy un narrador que disfruta mucho de contar cuentos populares porque, además de divertirnos, encierran una memoria de cada pueblo, conservando sus ritos, sus dioses, sus misterios y sus sabidurías. Me gusta contar para los niños y los adultos. Y como sabes, me gusta hacer música con instrumentos andinos en mis espectáculos. ¿Y qué cuentos me gusta escuchar…? Disfruto de mis colegas, cada uno con su magia.

¿Qué narrador o cuentacuentos del mundo, que hayas conocido, nos recomendarías escuchar, y por qué?
Hay narradores y narradores; y me refiero a todos, hombres y mujeres, colegas y hermanos de la palabra. No podría decirte uno que me gusta porque me gustan muchos. Unos porque son excelentes narradores para niños y otros, excelentes narradores de la literatura y otros porque son creativos y así. Si tendría que recomendar a uno te recomiendo a todos y a mí también, por supuesto.

¿Cómo surgió la idea de este nuevo viaje por Argentina? ¿Qué nos podrías compartir sobre lo que has estado haciendo recientemente, en Mendoza, en Rosario, en Buenos Aires y en La Plata?
Vine invitado por segundo año consecutivo al 15 Encuentro de Narradores por la Municipalidad de Godoy Cruz de Mendoza, aquí en la Argentina. Luego pasé por Rosario y Buenos Aires haciendo algunas funciones y talleres gracias a los hermanos y colegas narradores. Estuve también en La Plata en el VII Festival de Tradición Oral. Luego, en forma independiente, estuve viajando por el sur en Viedma, compartiendo funciones y talleres. Y hace poco en Córdoba, estuve participando del Festival Internacional de Contadores de Historias Narrapalabra.

¿Cómo has encontrado el movimiento artístico y cultural por estas regiones y ciudades?
Visito Argentina bastante seguido y veo que hay un gran movimiento desde hace ya varios años. Se ve en el público cuando visitamos las escuelas y los espacios culturales, donde ya nos esperan con ganas de escucharnos. Pero este último año, con el nuevo gobierno, hubo problemas de financiamiento y algunos festivales tuvieron que reinventarse. Aún así, se continúa haciendo porque se ha generado una tradición de escuchar y contar.

¿Cuáles son tus próximos planes?
Estoy ahora en Córdoba, otro de mis lugares favoritos. Me quedo hasta finales de año. Mientras tanto, vengo presentándome en algunos centros culturales, visitando escuelas y viajando a otras provincias. Pronto voy a Salta y hacia fines de año a La Plata otra vez. Luego volveré al Perú e iré directamente a mi tierra que me vio nacer, Huancayo. En febrero, visitaré México. Y de ahí veremos hacia dónde me llevan los caminos. Sólo puedo decir que soy feliz y agradecido a la vida por ser un cuentacuentos, un caminante y un difusor de nuestra memoria oral.

CONOCE MÁS SOBRE LA TRAYECTORIA DE NINO MIRONES:
www.cuentacuentos.eu/narradores/miembros/peru/NinoMirones.htm
www.alternativateatral.com/persona142539-nino-mirones

LEE MÁS ARTÍCULOS DE FEDERICO CISNEROS:
www.artesanosdelespacio.blogspot.ar

Read more