En la procesión de Diego Trelles

Diego Trelles durante la entrevista. | © Michelle Carrasco

Entrevista realizada por Martín Carrasco

Desde que salió Conversación en la Catedral, esa monumental novela de Vargas Llosa sobre la dictadura de Odría, el Perú ha quedado huérfano. Lamentablemente no de dictaduras, sino de nuevas novelas que le hablen a ella, que pretendan abrir un diálogo y sugerir un diagnóstico, por más pesimista que éste sea.

La más reciente vivida como nación es la ejercida por Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. Mi memoria no registra obra que aborde, con la dimensión de Conversación en la Catedral, los años del ejercicio de su poder. Ni si quiera el propio Vargas Llosa lo ha logrado cuando publicó hace poco Cinco Esquinas, novela fallida cuyos alcances quedaron por debajo de las expectativas que sugería. Es por ello que la aparición de La procesión infinita, la última novela del escritor peruano Diego Trelles, enciende una vez más esa búsqueda de confrontación con una década crucial para entender el Perú de hoy, que desde la Academia ramas como la historia, la sociología y afines abordan, pero que han dejado a la literatura como una gran deudora.

La cita es en Jesús María, le he pedido a una prima que me acompañe y tome las fotos al escritor. Hemos quedado en vernos en una conocida panadería del distrito, en la avenida Salaverry. Son las diez de la mañana, en el primer piso no hay suficiente luz para las fotos. Aún no llega Trelles.

El segundo piso es de ventanas amplias, la iluminación cumple con las limitaciones de la cámara. A nuestro lado, un señor mayor lee El Comercio, bebe su café y quizás no se pregunte por esa deuda que aún nos tiene la literatura. Jesús María queda muy cerca a Magdalena, barrio del escritor y escenario de algunas de sus obras.

―Tiene la calle de un chico de barrio de Magdalena ―me dijo hace unos días alguien mientras hablábamos de La procesión infinita, pero se fue sin antes explicar a qué se refería con eso. Magdalena es un distrito referencial para la literatura peruana e incluso para el cine. Cuenta con una película insignia como Ciudad de M, basada en otra novela, injustamente olvidada, como Al final de la calle.

―Ahí viene.

Mi prima señala con el dedo y Trelles nos reconoce, vale decir que nunca nos hemos visto. Ha sido amable, pienso, en aceptar esta entrevista teniendo la agenda recargada que debe tener al presentar dos libros casi al mismo tiempo. Pues el novelista también acaba de publicar su ensayo ganador del premio Copé, de extenso título: Detectives perdidos en la ciudad oscura. Novela policial alternativa en Latinoamérica. De Borges a Bolaño.

Él no lo sabe, pero hace poco lo vi en el Sargento Pimienta y entonces pensé en el Chato, personaje reincidente en su nueva entrega. ¿Qué tanto se parecen? Diego me comenta que le divierte utilizarse a sí mismo como personaje, como alter ego reconocible y generar esa confusión. No son el mismo, claro está, pero lo hace llamar el Chato y yo le llevo a él ―a Trelles― unos centímetros, sin ser alto.

Frente a mí un escritor que empezó en el cine y cuyo último trabajo ha quedado finalista del premio Herralde de novela, contando una historia que aún nos toca en presente.

―¿Cómo escribir sobre una situación política sin caer en el panfleto?

―Yo creo que el panfleto es un problema de tratamiento no solamente de la política, sino de un montón de cosas y creo que ahí está el talento del escritor. Algo importante es diferenciar al ciudadano del escritor, al artista de la persona pública. Yo, como persona pública, como ciudadano, tengo una opinión y la hago patente a través de la prensa y de un muro que es personal. Pero como escritor hago mis novelas desde la distancia. Y una de las cosas que uno va aprendiendo es que no tienes que decirle a ningún lector cómo debe pensar, qué estuvo bien o qué estuvo mal, sino proponerle escenarios posibles de cosas que en mi caso son hechos históricos. A mí me interesa hablar con los lectores, que los lectores se apropien del libro, que a partir del libro saquen las conclusiones que ellos quieran. Pero lo panfletario, lo que te lleve a los esquemas de lo que estuvo bien o estuvo mal, lo que es permisible o correcto no me interesa.

Conseguir una distancia es complejo y casi siempre es un debate permanente y abierto. ¿Sobre qué debe hablar la literatura? Para Trelles, un escritor realista, su literatura habla de lo social, de lo que jode, de esa herida abierta nacida con su generación. Abordarla constituye un reto en lo emocional y en lo técnico. Y es que La procesión infinita aborda una memoria compleja en pocas páginas. Lo que podría constituir un reto.

―Supuso un reto porque veníamos de Bioy, que es un edificio, un manicomio sin puertas. Que forma parte de la misma trilogía (que no es saga) y en la que yo creo que la complejidad de Bioy se mantiene, mas no la severidad. La procesión infinita es una novela más amable con los lectores, Bioy era áspera. A mí no me interesa embellecer una situación que estaba fuera de control, absolutamente caótica. En ese sentido, Bioy era un intento de acercarte a esa realidad espantosa para reflexionar sobre ella e intentar de alguna manera superarla. No me interesan las novelas de violencia con un trasfondo de novela rosa o con un embellecimiento innecesario de algo que fue infernal.

A la opción política, le sigue una estética. Me urge preguntarle a Trelles sobre dos presencias que percibo en su escritura: Vargas Llosa y Bolaño.

―¿Cómo es tu relación con ellos?

―Vargas Llosa es bien claro en mis inicios, no sólo él sino Ribeyro, Reynoso, muchos. Pero Vargas Llosa no sólo era clave para mí, sino para muchos de los escritores de mi generación que están triunfando. Esta es una pregunta que acá en La procesión infinita es frontal, en un intento ya desde la estructura misma que tiene a estos dos personajes dialogando en una mesa en Francia, que son Pochito Tenebroso y el Chato. La alusión es clara a Ambrosio y Zavalita, de Conversación en la Catedral. Lo mismo Bolaño, él es un punto de inflexión, cuando empezaba ya mi carrera, a los veintitantos, yo había leído a todos los del boom, pero uno de los problemas graves de la gente de mi generación era que no sabían cómo quitarse. Hacían novelas muy buenas a veces, pero absolutamente “vargallosianas” y a mí me parecía que ese era un camino errado, ya que que significaba seguir la estela de un escritor que tenía un camino propio.

Bolaño sugiere una mirada aparte. No se trata sólo de su escritura, sino del descubrimiento de esa otra literatura menos difundida, escondida bajo la sombra del boom y que el chileno ayudó a rescatar. De la conversación surgen nombres como Piglia, Levrero, Ibargüengoitia.

―Me interesa mucho los escritores que son, en términos formales, muy arriesgados. Que tienen dominio técnico y que al mismo tiempo te pueden contar una historia.

Mientras escribo esto es probable que una mujer esté siendo atacada o simplemente siendo ignorada dentro del gremio literario, donde los que abundan son hombres. Por ello el tema de la mujer emerge en la conversación. Claro, ¿cómo abordar a Chequita y a Cayetana?

―El Perú es el país más conservador de América Latina, eso está claro y es orgullosamente conservador, orgullosamente machista, misógino. Lo que ha pasado en este gobierno, en comparación al anterior es un verdadero retroceso claro contra las minorías sexuales, contra las mujeres. Lo que han hecho con esa ley que las protegía es bárbaro, inaceptable. ¿Cómo hacer en ese caso? Pues nada, resistir. Al mismo tiempo creo que el futuro debe ser una revolución liderada por mujeres. Yo sí creo eso, en ese caso yo me siento absolutamente feminista, pero lo mismo que te decía antes, yo no voy a hacer una novela pro feminismo o lo que sea, no me interesa, yo voy a hacer una novela o una ficción donde haya personas que se puedan acercar desde sus lecturas a una posible lectura de, este caso, mujeres fuertes. En esta novela era claro que yo quería desarrollar un personaje como Cayetana Herencia, con toda su contradicción, un personaje como todos, que también está en duelo, que también está sufriendo. En contraposición tenemos a la Chequita y todo lo que se sugiere en términos de intimidad. Chequita es el personaje que va creciendo desde una posición que es la menos favorable en un país de castas como el nuestro, porque se encuentra con ese mundo de las letras y se deja la vida por él. Me interesaba mucho ese mundo de aquellos que en la vida real no necesariamente tienen la posibilidad de ingresar al mundo de las letras, de la literatura, porque tienen que sobrevivir. Estos dos personajes nacen de eso, de esa necesidad que sentí de acercarme un poco más al mundo de las mujeres.

¿Lo habrá logrado? Tal vez debí haber preguntado sobre qué personaje femenino escrito en la literatura peruana pudiera constituirse en ese tótem al cual superar. ¿Y la realidad? ¿Se puede escribir desde fuera de esta fatalidad? ¿Provoca hacerlo?

―No a mí. Las novelas de las bienaventuranzas deben ser interesantes como reto. Pero yo creo que la complejidad misma de la ficción te va acercando a los abismos del ser humano, de la naturaleza humana, que es rica en matices, en contradicciones y que es la base del melodrama, las bases de las tragedias son esas. Cambiar un poco este mecanismo podría dar una novela que no necesariamente sea, ni siquiera, apetecible de leer para mí. Uno siempre está intentando entender las novelas desde la manera en que los personajes luchan contra sus miedos, contra sus contradicciones, contra algo inesperado y eso inesperado es algo que debe estar presente en una buena historia.

Eduardo Halfon publicó una novela cuya pregunta base, que direcciona su historia, es imposible de responder. Me refiero a El ángel literario, publicada por la misma editorial que ahora edita a Trelles. La dificultad reside en acercarnos al preciso momento en el que uno decide o descubre que quiere ser escritor. La novela cierra con la misma interrogante abierta con la que se inició, al igual que esta entrevista. Porque esa pregunta, la de la búsqueda de la obra que nos hable de esa dictadura que nos golpeó es, por propia su naturaleza, una procesión infinita.

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Nino Mirones: Desde la tierra de los cuentos

Nino Mirones. | © Spectros Film

Entrevista realizada por Federico Cisneros

Su voz todavía era un misterio, pero su nombre ya se había vuelto una leyenda. Recuerdo haberlo leído muchas veces. Lo encontraba escrito entre posters y agendas culturales repartidas por los muros de microcines, restaurantes vegetarianos y viejos cafés de la ciudad de Cusco, cuando vivía allá y caminaba solo por las calles pedregosas de Choquechaca y Marqués. Siete años después, de viaje por el pueblo de Urubamba, nuestra querida amiga Erika nos presentó en el Café El Pisonay, un espacio artístico al lado del Centro Cultural El ArteSano. Conectamos rápidamente y nos hicimos amigos.  Ahora, cada vez que vuelvo a saber de él, recuerdo la luz de su mirada y los primeros encuentros de aquellos días urubambinos.

Nino Mirones (1966, Huancayo, Perú), conocido como El Caminante de los Andes, viene dedicándose gran parte de su vida al maravilloso universo del arte. Entre otras cosas, Nino es actor, cuentacuentos, músico, docente, viajero y guardián de la palabra. Inspirado por la magia de los relatos y las aventuras viajeras, este año se lanzó de vuelta a navegar por tierras argentinas. Acompañado de su charango, su quena y su zampoña, llegó invitado a participar de diversos Festivales de Narración Oral.

Con ese pretexto lo buscamos para hablar sobre este nuevo tiempo de su vida, recordar los días inolvidables en el Valle Sagrado y saber sobre sus más recientes apariciones en los escenarios de la vida, rodeado de amigos, de naturaleza, de cuentos, sonidos y palabras mágicas que mantienen siempre encendida su conexión con el espíritu, con la sabiduría del corazón y las memorias ancestrales de los pueblos.

Nino, cuéntanos sobre tu reciente vida en Urubamba. ¿Cómo te animaste a ir por allá y cuánto tiempo estuviste radicando en Cusco?
Urubamba, el Valle Sagrado y el Cusco en general es uno de mis lugares predilectos en el mundo. Viví en la ciudad de Cusco 17 años, dedicado siempre al teatro y a la narración oral como artista y como profesor. Y entre ellas compartí la vida en el Valle Sagrado, primero en Lamay, donde trabajé en un hogar de niños huérfanos. Luego en Pisac y posteriormente en Urubamba. Voy por periodos y siempre ligado al trabajo escénico con niños, en talleres de teatro y narración oral.

Y sobre este último año allá, ¿a qué proyectos o actividades te has estado dedicando?
Volví de Argentina donde viví un poco más de dos años, a finales del mes de mayo de 2016, y me quedé hasta marzo de este año, dedicado y promoviendo la actividad cultural en el Valle. Trabajé en un proyecto con niños de una escuela en Yanahuara y en Urubamba. Y en El ArteSano, que es un Centro Cultural y Escuela de Idiomas de Urubamba, promovimos con el gran Beto Martinez y Erika Barreto un café, para darle vida a La Bitácora, un espacio de cuentería, donde todos los jueves nos reunimos a contar cuentos y a hacer tertulias.

Desde tu mirada de artista viajero, ¿cómo percibes el movimiento cultural en el Valle Sagrado?
Es muy lento pero, al mismo tiempo, muy interesante. Por ello trabajo más con los niños y jóvenes del lugar, pues ellos son los futuros artistas y el nuevo público. El tema es que todo está dirigido hacia el turismo y las autoridades locales no saben y no conocen mucho sobre Cultura Viva. No lo tienen registrado y el área de cultura de la Municipalidad está en la oficina de Desarrollo Social, que ve el tema turístico y de deportes, todo junto. Aún así, hay esfuerzos aislados e intentos de poder hacer algo más desde esas instancias gubernamentales. Pero independientemente, en el Valle Sagrado todo está por hacerse y se hace. Eso es lo bueno. Llega mucha gente de todas partes y se van haciendo cosas. Hay Festivales de Música, de Medicina, Encuentros de Teatro… También está el Festival de Narración Oral que apoya el ArteSano con Erika, desde hace ya varios años. En fin, como decía: lento pero seguro.

Antes de venir a Argentina en esta oportunidad, ya venías de viajar mucho en los últimos años. ¿Nos podrías contar un poco sobre esos viajes, Festivales y Encuentros de Narradores en los que has estado participando y los lugares que más te han encantado?
Vengo viajando seguido desde hace ya varios años por nuestra América Latina de norte a sur. El movimiento de la narración oral en esta parte del mundo ha crecido mucho, hay festivales y encuentros bastante buenos y ello permite que uno se reafirme en su vocación. Nos vamos conociendo y se forma una familia cuentera con la que compartimos y aprendemos mucho.  Compartimos nuestra labor, visitando escuelas, salas, bibliotecas en los diferentes pueblos de nuestra América. No podría decirte qué lugar me ha encantado más que otro, pues cada uno es diferente y mágico al mismo tiempo. No hay un solo festival que sea igual a otro, así como no hay cuento ni cuentero igual a otro. Somos diferentes y eso es lo hermoso porque en lo diverso nos unimos y nos une una misma pasión: preservar este viejo oficio. Anécdotas sí, hay muchas.

¿Cuáles son tus cuentos favoritos, o qué tipo de narraciones son las que más disfrutas?
Soy un narrador que disfruta mucho de contar cuentos populares porque, además de divertirnos, encierran una memoria de cada pueblo, conservando sus ritos, sus dioses, sus misterios y sus sabidurías. Me gusta contar para los niños y los adultos. Y como sabes, me gusta hacer música con instrumentos andinos en mis espectáculos. ¿Y qué cuentos me gusta escuchar…? Disfruto de mis colegas, cada uno con su magia.

¿Qué narrador o cuentacuentos del mundo, que hayas conocido, nos recomendarías escuchar, y por qué?
Hay narradores y narradores; y me refiero a todos, hombres y mujeres, colegas y hermanos de la palabra. No podría decirte uno que me gusta porque me gustan muchos. Unos porque son excelentes narradores para niños y otros, excelentes narradores de la literatura y otros porque son creativos y así. Si tendría que recomendar a uno te recomiendo a todos y a mí también, por supuesto.

¿Cómo surgió la idea de este nuevo viaje por Argentina? ¿Qué nos podrías compartir sobre lo que has estado haciendo recientemente, en Mendoza, en Rosario, en Buenos Aires y en La Plata?
Vine invitado por segundo año consecutivo al 15 Encuentro de Narradores por la Municipalidad de Godoy Cruz de Mendoza, aquí en la Argentina. Luego pasé por Rosario y Buenos Aires haciendo algunas funciones y talleres gracias a los hermanos y colegas narradores. Estuve también en La Plata en el VII Festival de Tradición Oral. Luego, en forma independiente, estuve viajando por el sur en Viedma, compartiendo funciones y talleres. Y hace poco en Córdoba, estuve participando del Festival Internacional de Contadores de Historias Narrapalabra.

¿Cómo has encontrado el movimiento artístico y cultural por estas regiones y ciudades?
Visito Argentina bastante seguido y veo que hay un gran movimiento desde hace ya varios años. Se ve en el público cuando visitamos las escuelas y los espacios culturales, donde ya nos esperan con ganas de escucharnos. Pero este último año, con el nuevo gobierno, hubo problemas de financiamiento y algunos festivales tuvieron que reinventarse. Aún así, se continúa haciendo porque se ha generado una tradición de escuchar y contar.

¿Cuáles son tus próximos planes?
Estoy ahora en Córdoba, otro de mis lugares favoritos. Me quedo hasta finales de año. Mientras tanto, vengo presentándome en algunos centros culturales, visitando escuelas y viajando a otras provincias. Pronto voy a Salta y hacia fines de año a La Plata otra vez. Luego volveré al Perú e iré directamente a mi tierra que me vio nacer, Huancayo. En febrero, visitaré México. Y de ahí veremos hacia dónde me llevan los caminos. Sólo puedo decir que soy feliz y agradecido a la vida por ser un cuentacuentos, un caminante y un difusor de nuestra memoria oral.

CONOCE MÁS SOBRE LA TRAYECTORIA DE NINO MIRONES:
www.cuentacuentos.eu/narradores/miembros/peru/NinoMirones.htm
www.alternativateatral.com/persona142539-nino-mirones

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Patricia Romero: “Tenía miedo de que la obra se leyera como la visión de una clasemediera que se está haciendo la víctima”

Patricia Romero © Difusión

Entrevista realizada por Alexandra Martens

La dramaturga Patricia Romero tardó ocho meses para construir su más reciente obra, pero toda una vida en escribirla. Recuerdos con el señor Cárdenas nació de su relación con su abuelo, de su infancia y adolescencia, de la época del terrorismo y de su memoria. La implacable memoria. Luego de obtener el segundo lugar en el 6º Concurso de Dramaturgia organizado por el Británico, la puesta toma lugar en el Centro Cultural de la Universidad de Lima hasta el 4 de diciembre.

Esta obra se concibe a partir del vínculo que mantuviste con tu abuelo, ¿siempre tuviste en mente escribirla?
En realidad, tenía la idea de hacer un cuento, tenía la idea de hacer algo que plasmara esta historia de varias maneras. Fue un proceso largo: hubo varios momentos en que la he cogido, la he soltado…

Decías que esta es la obra más íntima que has hecho, donde te muestras más. ¿Cómo ha sido explorar tu pasado y exponerlo en una obra, a la vista de todos?
Ha sido raro, porque yo soy reservada en mi vida personal. Ha sido como revelar cosas muy privadas; sin embargo, si se está dando de esa manera en este momento por algo es. A nivel personal y a nivel artístico creo que el resultado es la respuesta del público, tan conmovido, tan involucrado, no solamente con mi historia familiar, sino también con el contexto en el cual se desarrolla esa historia. Para mí esta es una experiencia bonita porque eso es lo que busco al hacer teatro: que la gente se conecte, se vincule, que le pasen cosas.

La relación del señor Cárdenas con su nieta nace a partir de tu propia relación con tu abuelo. ¿Cómo fue explorar en la memoria, en los recuerdos y en la misma nostalgia?
No sé si decirte que es liberador, porque tampoco es que me pase todo estos años diciendo ‘Ay, mi abuelito se fue’, pero sí me da mucha pena cuando me acuerdo, fue bien triste. He tenido que lidiar con todo eso, y creo que una de las cosas más difíciles a la hora de escribir la obra, además de lidiar con estos sentimientos, ha sido escoger qué va. Sacrificar algunas cosas para mí ha sido lo más complicado.

¿Cuál es la mayor diferencia de tu abuelo con el señor Cárdenas?
No he tratado de diferenciarlos. Mi abuelo era gracioso, buena gente, grosero, cochino, de buen diente, no sé si decirte que racista, pero sí clasista. No era un hombre de mundo, le gustaba su casa, su familia, su Risas y salsa, su carro, su mecánico, esa era su vida y él estaba contento con eso. Yo no sé si realmente el terrorismo significó para él salir de su zona de confort, pero, en todo caso, así lo percibí yo: estábamos bien, tranquilos en nuestra casita miraflorina y vino esto a remecernos la vida hasta tal punto que se murió su hermano, y mi abuelo se deprimió espantosamente.

Aparte del informe de la CVR, ¿en qué otro tipo de documentación te basaste para escribir la obra?
Básicamente en la CVR para poder ubicar los acontecimientos en Lima cronológicamente, porque hay cosas de las que sí me acordaba, pero otras no. También usé material de prensa. Fue locazo ver las fotos y acordarme de lo gris que era todo en esa época, acordarme de los bombazos, de las caras… Fue una época bien fea, bien dura y complicada. Para alguien que es sensible -yo me considero sensible- sí me afectó.

Las acciones externas, este mundo gris que mencionas, configuran las acciones y la vida de los personajes…
De hecho, influyen mas no determinan.

¿Qué hay de ti en Laura y de Laura en ti?
Bastante y nada. Finalmente, yo no siento que tenga que reconciliarme, pues me siento reconciliada hace bastante tiempo, pero sí creo que, de repente, en el hecho de sentir que la escritura es para mí un medio de libertad es donde encuentro la identificación.

¿Fue una coincidencia o fue adrede que la obra coincidiera con la excarcelación de terroristas?
Coincidencia total. Cuando tú escribes una obra lo haces porque es algo de lo que tú necesitas hablar, independientemente del impacto que vaya a tener en el otro, si va a ser exitoso o no (creo que eso no existe). Mientras empiezas a generar el proyecto, pasa bastante tiempo; entonces tú no sabes en qué contexto vas a estar cuando la obra salga. Todo ha coincidido mágicamente y para bien, para que el mensaje sea mucho más potente.

¿Cómo ha sido para ti escribir la obra bajo un contexto que todo el mundo conoce -o al menos tiene referencia- y que, dentro de este, la protagonista sea tu familia?
Ha sido un poco complicado, porque soy totalmente consciente que la clase media, si bien nos pateó el terrorismo, no hemos sido los más afectados ni medianamente. Tenía miedo de que se leyera como la visión de una clasemediera que se está haciendo la víctima. Tuve que dejar de lado ese prejuicio personal y hablar desde el ángulo en el que a mí me tocó vivir esta situación y, de cierta manera, ser consciente de que no podía evitar hacer un mea culpa de la responsabilidad que tenemos los de mi clase sobre lo que pasó (indirectamente, pero digamos que el silencio también tiene una responsabilidad); la indiferencia también tiene una responsabilidad, la ignorancia también. Tenía miedo de ofender, y no había intención de ofender, porque no hay ninguna crítica en la obra, sino es exponer… No era gente mala la que vivía en Miraflores -la generación de mi abuelo-, pero era gente que no sabía y no le importaba saber, y recién tomó conciencia cuando reventó ahí.

Puedes afirmar que esta es una obra de reconciliación…
Sí. Todos tenemos que pedir perdón y todos tenemos que perdonar. Siento que la gente sale de la obra conmovida, recordando esa época donde todos estábamos tristes, éramos como grises, todo el tiempo estábamos como deprimidos, asustados.

¿Cuál crees que es el mensaje final de la obra?
Que hay que dejar el pasado atrás y avanzar, que no te puedes quedar con los recuerdos, con el sufrimiento, no tiene ningún sentido.

¿Tienes algún nuevo proyecto en mente?
Estoy tratando, pero el montaje demanda un montón de tiempo. Me han convocado para hacer una adaptación de un cuento a teatro con un grupo de dramaturgos, que es un proyecto para el 2019. Tengo varias ideas, pero hasta que no se acabe El señor Cárdenas no voy a aterrizar nada, porque ya aprendí que es en vano. Que acabe la obra, que, además, es un desgaste emocional todo lo que pasa, es matador. Después, sí me muero de ganas de escribir. El año que viene es de descanso y escritura.

MÁS INFORMACIÓN
Título: Recuerdos con el señor Cárdenas
Dramaturgia:
Patricia Romero

Dirección: Patricia Romero
Elenco: Alberto Herrera Jefferson, Víctor Prada, María del Carmen Sirvas, Zoe Arévalo, Luciana Monteverde, Martha Figueroa
Sala: Teatro Central de la Universidad de Lima
Temporada: Del 12 de octubre al 4 de diciembre 2017
Horarios: De jueves a lunes a las 8:30 pm, domingos a las 7 pm.
Precio de entrada: General S/50; Jubilados S/35; Estudiantes S/25

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Desaparecer, recordar y teatralizar. Una conversación con Héctor Gálvez, director de ‘La hija de Marcial’

Héctor Gálvez (segundo por la derecha) con el elenco de ‘La hija de Marcial’ © Difusión

Entrevista realizada por Oswaldo M. Bolo Varela

Una reconsideración del tópico que estructura Antígona es lo que La hija de Marcial propone: qué hacer con el cuerpo expuesto de nuestros muertos. El dilema ético que la tragedia de Sófocles instaura –decidir entre la ‘ley civil’ y la ‘ley natural’– se reactualiza en el contexto peruano de la posguerra interna. Aunque con una resolución distinta. Una hija que ha empezado a olvidar es avisada del hallazgo de los restos de su padre, detenido y desaparecido hace veinte años tras ser acusado de senderista. Los intentos fallidos de exhumar el cuerpo paterno serán el conflicto que movilice la historia. Un alcalde ajeno e indiferente, el reacio dueño del terreno y su asustado novio son los representantes de ese pueblo que le niega a Juana –joven solitaria, pero corajuda– la posibilidad de enterrar el cuerpo de Marcial y las verdades que este desata. Sin embargo, ante la contundente y explícita negativa social, la agónica oposición individual quedará como una opción a reconsiderar: Juana con el cráneo de su padre insepulto, huyendo de esa ciudad, de ese tiempo, es la imagen final –de algún modo reparadora– que este montaje intuye.

Estrenada hace algunas semanas en el Teatro de la Universidad del Pacífico y a punto de finalizar su temporada, La hija de Marcial es, como ha escrito Alfonso Santisteban, ese tipo de «teatro [que] te hace preguntas certeras y difíciles, y no te da las respuestas que todos sabemos». ¿Cuáles son estas dudas medulares que la obra propone? Una de ellas –y con probabilidad la más audaz– es esa condición de victimario-víctima que sugiere: el muerto descubierto no es un desaparecido cualquiera, inocente, sino un presunto subversivo y, como tal, un despreciado en su comunidad: ¿cómo puede merecer entierro, reparación alguien que supuestamente atentó contra los suyos? Y, sin embargo, a través de la obra, nos damos cuenta de que sí, lo merece.

Otro aspecto visibilizado es la larga lucha contra la burocracia indolente que impide a Juana (y a tantos otros) enterrar a su muerto: no moverlo del lugar hallado y exponer sus vulnerables restos a las condiciones climáticas, a los perros, a trámites lentísimos que nunca resuelven nada y que, cuando lo hacen, solo confirman la prohibición de sepultura para este cuerpo abyecto. Algo más a destacar: los tiempos de posguerra que se retratan en los invisibles pero todavía atemorizados habitantes de Cruzpata (sombras que instigan e inculpan), pero también en la relación tierna y triste que esta hija va entablando con su padre a través de ofrendas coloridas y de reclamos inesperados que monologan toda una vida sin él. Estas y otras razones hacen que La hija de Marcial sea un proyecto oportuno, necesario, en la memoria cultural peruana.

La solvente complejidad que esta historia desarrolla quizá radique en que este no es un tema extraño para el director del proyecto. Héctor Gálvez (Lima, 1974) ya ha reflexionado sobre las secuelas del conflicto armado en filmes anteriores. Y aunque La hija de Marcial es su primera incursión en el teatro, él habla entusiasmado de su experiencia previa en estos temas: «el primer trabajo que tuve fue en una ONG que trabajaba con familias desplazadas por el terrorismo. De allí salió un poco el tema de Paraíso, mi primera película», estrenada en 2009. «Luego me fui a una casa realizadora, TV Cultura, a la cual le pidieron hacer los reportajes sobre el mandato de la CVR. Ahí tuve una inmersión en todo el proceso de violencia y como parte de eso salió Lucanamarca [codirigida con Carlos Cárdenas en 2008]. Creo que con todo esto se me fue presentando el tema de los desparecidos y desplazados».

Estrenó NN en 2014 y, al finalizarla, sintió que «era un tema tan complejo el de los desaparecidos… que no había podido abarcar o narrarlo con toda la profundidad que debía tener». Por ello, esta obra teatral es «un intento de subsanar, otra oportunidad para poder abarcar este tema». Así, a partir de una escena que presenció mientras grababa en una comunidad campesina –el hallazgo de un cadáver que esperaría un largo proceso de exhumación– escribió el primer guion, el cual resultó ser uno de los ganadores del concurso de dramaturgia Sala de Parto 2015.

Oswaldo Bolo: Una de las cosas que más me gustó de la obra fue que el desaparecido sea un acusado de ser senderista. En las producciones artísticas que tocan este tema hay un énfasis mayoritario en la víctima políticamente pura, ajena a cualquier bando armado, y por ello merecedora de un resarcimiento total. Pero se habla muy poco de los acusados, de los victimarios…

Héctor Gálvez: Sí, sí… eso no estaba en la prima versión, se fue dando. En la primera versión que escribí solo estaba la relación de esta hija con su padre. Un poco lo que se ha mantenido en la obra: que no vienen a exhumarlo por trabas burocráticas, que el pueblo lo acusa de que no llueve, se van enojando y pasa el tiempo. Pero me acordé de uno de los personajes de Lucanamarca al que no dejaron enterrar a su hermano en el cementerio, porque este fue dirigente de Sendero, por lo que guardaba el cráneo de su hermano en casa. Y también conversando con Ponciano del Pino sobre esta idea de que, en las comunidades, quién estuvo con Sendero y quién no es una línea muy delgada y compleja… muchas personas estuvieron en un inicio con ellos, pero luego con el Estado. Entonces, sentía que si el papá era acusado de ser senderista le daba más densidad, ya había más capas: esta cuestión de no perdonar. Porque ella, al final, no está pidiendo nada más que enterrar a su papá, no está pidiendo un homenaje, solo algo tan humano como enterrarlo. Pero me costó, ¿eh? Porque sabía que a mucha gente le podía incomodar. Y es finalmente una obra, yo en ningún momento estoy generalizando y pidiendo esto para todos los acusados de terrorismo…

O.B: Claro, eso se entiende. Igual no deja de ser un gesto audaz el que se haya evidenciado bien esa suerte de repudio para el victimario (o en este caso para el presunto victimario), pero que finalmente no deja de ser una víctima, ¿no?

H.G: Exacto, es como una víctima de la víctima: la gente que murió asesinada por Sendero o por el Estado son las víctimas… pero este señor o la hija precisamente de Marcial es víctima de estas otras víctimas: la molestan, le impiden enterrarlo… Y ahí pues entramos a terrenos que normalmente no se hablan sobre la violencia, sobre los desaparecidos.

Héctor Gálvez habla rápido. Mueve las manos para afirmar una idea, ríe con facilidad. Su cabello permanece desordenado, largo y en tonalidad gris, al igual que sus cejas pobladas, puntiagudas. Se le nota amable, cordial, como si se tratase de esos sujetos un poco despistados, olvidadizos, que todo el mundo estima. Mientras conversamos, repite el gesto de acomodarse infructuosamente el cabello: un intento por remarcar la orientación de esas greñas plomizas, desatadas.

H.G: A mí lo que me interesaba (y fue muy loco porque justo cayó en la coyuntura) es que quedara claro que nadie está diciendo “hay que perdonar a este presunto culpable”, solo están pidiendo darle un digno entierro. Pero el odio, el resentimiento, la histeria del pueblo no lo ve como igual, no lo puede permitir… y esto tiene mucha conexión con lo que está pasando ahora, ¿no? Justo estrenamos la obra y salió lo de Garrido Lecca y yo me decía “oye… ¡¿qué es esto?!”

O.B: Toda la prensa persiguiéndola por la Panamericana Norte…

H.G:  Claro… Eso de que la vamos a declarar persona no grata y que no la vamos a dejar entrar a Miraflores. Nadie está diciendo perdonarla e irse a tomar un café con ella, que sea tu amiga, pero es una cuestión de respeto, de un mínimo respeto. Porque no puedes caer en el mismo nivel de locura y fanatismo al que llegó ese grupo de personas, ¿no? Y eso también se ve en la obra cuando la gente de la comunidad no la deja enterrarlo y el dueño del terreno dice eso de “pensé que iba a olvidar, pero no”.

O.B: Eso también lo explicita el desarrollo del personaje de Juana, ¿no crees? Hay todo un gesto de aproximación hacia su padre que la obra va mostrando…

H.G: Sí, ese es un punto que me costó también, ¿cómo se relaciona una chica con un padre que nunca ha conocido?, ¿cómo le habla?, ¿qué le dice? Eso tuvo muchas versiones, muchos cambios. Porque no es una aproximación en la que se acerca y ya. También hay dudas y resentimientos, como cuando le dice “por qué nos dejaste”. Eso es algo que me costó mucho en el texto: increpar a un desaparecido, sobre todo esa parte cuando le dice “por qué has vuelto”.

O.B: Como se lo dice a su novio: “justo ha vuelto cuando estaba empezando a olvidarlo”.

H.G: Sí, sí, siento que quería romper un poco esa idealización. O sea, yo entiendo perfectamente (porque he trabajado durante mucho tiempo en comunidades campesinas) las luchas que los familiares han llevado, y eso no se niega en ningún momento, pero no sé si todos los familiares tienen esta misma fortaleza. Es un poco como yo les preguntaba a los actores: ¿es un buen hijo porque está pensando siempre en el papá?, ¿es un mal hijo porque quiere olvidar?, ¿por qué no va a querer rehacer su vida? Ahí hay un gran conflicto.

O.B: O también la versión contraria: ¿por qué el padre desaparecido tuvo que ser necesariamente un buen padre?, quizá era una mala persona y desapareció.

H.G: Exacto, porque eso humaniza, le da contrastes, diversas caras, entras a un terreno más allá de lo idílico. O sea, nuevamente no intento generalizar ni faltar el respeto, pero claro, en el local forense de Ayacucho hay cuerpos que no vienen a recogerlos… A ese terreno quise entrar, el de complejizar.

O.B: Y eso también tiene que ver con el final de la obra, que conecta muy bien con el de NN. Frente a la imposibilidad burocrática, estructural, social… el individuo intenta lucharla, jugársela, hacer lo mínimo para salirse de esa situación. En el caso de NN es darle el cuerpo a esta persona, aunque no sea precisamente suyo; y en La hija de Marcial es llevarse el cráneo del padre, un salirse de esa imposición castrante…

H.G: Sí, sí… y eso salió poco antes del estreno, ¿ah? La misma Kelly [la actriz que personifica a Juana] me decía que no se sentía a gusto con su personaje yéndose así, tan derrotada, tan vencida. Y justo Ponciano dijo lo mismo. Entonces surgió el tema de la chalina y el cráneo. Y es curioso porque en NN uno de los finales iba a ser que el personaje de Paul Vega se llevara los huesos. Así que mira, aquí ha vuelto esa idea… Pero sí, me gusta mucho cómo ha quedado el final de la obra.

O.B: Héctor, ¿qué es aquello que, a diferencia del cine, te ha gustado más en el teatro? Pero también, ¿qué crees que tiene el cine que lo singulariza respecto del teatro?

H.G: El teatro te permite ser más poético. En el cine todo es mucho más tangible, más realista. En el teatro se puede estar cambiando, es mucho más maleable, siempre estamos replanteando las escenas. Ahora mismo tengo una idea, por ejemplo, una imagen que estoy trabajando, que podría ser para teatro pero que me atrae y me atemoriza a la vez porque me digo “¡¿qué, te vas a meter a hacer teatro, vas a dejar el cine?!”. Siempre he hecho cine, he trabajado en audiovisuales, pero yo sé que siempre me ha gustado más escribir: textos para hacer cine y, bueno, ahora para teatro. Por otra parte, yo creo que el cine tiene, a diferencia del teatro, esa capacidad para evocar realidad, de que tú estás viendo algo real. Funciona como una proyección de realidad y verosimilitud. Pero, mira, hablo del cine y ¡qué loco!, lo hablo como algo lejano, como algo de lo que me he desconectado. Pero bueno, tampoco es para tanto.

La temporada de La hija de Marcial en el teatro de la Universidad del Pacífico va hasta el 2 de octubre 2017, con funciones de jueves a lunes a las 8:30 pm, y domingos a las 7 pm.​

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Gabriele La Posta, director del Istituto Italiano di Cultura: “Nos gusta compartir”

Gabriele La Posta | © Silvana Tello

Afincado en la cuadra 10 de la Avenida Arequipa se encuentra el Istituto Italiano di Cultura – Agregaduría Cultural de la Embajada Italiana. Se trata de un espacio que reúne en sí mismo su condición de punto de encuentro de dos culturas, ya que el edificio fue construido por la colonia italiana en 1930 y, en el año 2000, fue declarado por el Estado Peruano como parte del Patrimonio Cultural de la Nación.

El edificio alberga una biblioteca italiana, un auditorio, dos galerías de arte, una sala de ensayo para la danza, una cafetería italiana, un laboratorio multimedia y una veintena de aulas donde se dictan cursos de lengua y cultura italiana. Además, en el mismo recinto del Istituto se encuentran el Teatro Pirandello y la Capilla Santa María del Fiore. Desde agosto del año pasado, la dirección de esta institución fue asumida por el Doctor Gabriele La Posta.

Formado en Historia y Ciencia Política, La Posta tenía algunas referencias de la historia del Perú y, de alguna manera, había vislumbrado la riqueza cultural, pero el vivir en el país ha cambiado su perspectiva. “El Perú tiene una tradición mucho más amplia y articulada de la que uno puede percibir desde lejos”. Sumado a ello está la sorpresa por el “cariño especial que se tiene por Italia y lo que ella representa”.

Asimismo, asegura que sabía de la migración de los italianos al Perú, pero “no pensaba que fuera tan importante y exitosa”, como demuestra la presencia en la historia peruana de nombres destacados de origen italiano como Raimondi y Bolognesi. Igualmente, en la actualidad, se encuentran muchos hijos de Italia en los distintos sectores de la sociedad contemporánea, tanto en el mundo empresarial como en las artes, la cultura y las letras. Todos siguen “conectados con su pasado italiano pero a la vez,  completamente integrados en la sociedad peruana. En Italia no tenemos una idea tan clara de la importancia de la colonia italiana en este país y de la importancia del Perú para los italianos que fueron acogidos aquí”.

En este primer año de trabajo, La Posta considera haber consolidado un equipo y un ambiente de trabajo, y haber reforzado la presencia de su institución en el panorama cultural de la ciudad. “Creo que estamos abriendo la casa al público en general y eso, de alguna manera, comienza a dar sus frutos”. Destaca haber proseguido el trabajo de promoción cultural en sectores imprescindibles como la música y el arte contemporáneo, así como en la promoción de la lengua italiana. “A mí me gustaría trabajar más el sector de las Humanidades, del que provengo. Para mí es el verdadero punto de partida de todas las artes y formas de expresión cultural”.

Lo que viene
Para lo que resta del año, el Istituto Italiano di Cultura planea una serie de actividades. En septiembre, en el marco de las conmemoraciones para los 150 años de nacimiento del escritor italiano y premio Nobel de Literatura, Luigi Pirandello, el Istituto ofrecerá una representación teatral titulada Malìe della luna, en el teatro que lleva su nombre. 

Para octubre, habrá un seminario a cargo del destacado antropólogo Mario Polia sobre Roma y la Grecia en la formación de la cultura europea, y, en el marco de la XVII Semana de la Lengua Italiana (16-22 octubre), en colaboración con la Accademia della Crusca (equivalente de la Academia Peruana de la Lengua) y la Embajada de Suiza, el Istituto ofrecerá numerosas actividades, como proyecciones de cine, una conferencia sobre los vínculos entre la cinematografía del Perú y de Italia a cargo del crítico peruano Ricardo Bedoya, y la presentación de una nueva edición de la revista Ventana Indiscreta, en colaboración con la Universidad de Lima, dedicada integralmente al cine italiano.

En noviembre, a partir de una iniciativa del Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia, se celebrará la 2ª Semana de la Cocina Italiana que, este año, estará centrada en la cultura del vino, eso porque, en palabras de La Posta: “la gastronomía no sólo es cocina, sino cultura. El hombre es lo que come. El Perú es un pueblo con fuertes y múltiples raíces y tiene la sabiduría y el interés para acoger lo que nosotros venimos a compartir”.

Puertas abiertas
Es importante destacar que el Istituto Italiano di Cultura se ha insertado en el medio cultural peruano estableciendo vínculos con universidades e instituciones culturales. Participa, además, de manera activa en iniciativas locales como el Festival de Música de Alturas (abril) y el Festival de Cine Europeo (octubre), entre otros.

“Nuestra institución cada día tiene las puertas abiertas para todos y creo que esta es una manera de devolverles a los peruanos el cariño y la acogida que nos dan”, apunta La Posta. “El público se da cuenta de nuestra bienvenida y lo vemos cuando llega a cada uno de nuestros eventos, todos de ingreso libre. Estamos abiertos a todos los ciudadanos que estén interesados en la cultura. Nos gusta compartir”. 

+ info: INSTITUTO ITALIANO DI CULTURA

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