Héctor Gálvez (segundo por la derecha) con el elenco de ‘La hija de Marcial’ © Difusión

Entrevista realizada por Oswaldo M. Bolo Varela

Una reconsideración del tópico que estructura Antígona es lo que La hija de Marcial propone: qué hacer con el cuerpo expuesto de nuestros muertos. El dilema ético que la tragedia de Sófocles instaura –decidir entre la ‘ley civil’ y la ‘ley natural’– se reactualiza en el contexto peruano de la posguerra interna. Aunque con una resolución distinta. Una hija que ha empezado a olvidar es avisada del hallazgo de los restos de su padre, detenido y desaparecido hace veinte años tras ser acusado de senderista. Los intentos fallidos de exhumar el cuerpo paterno serán el conflicto que movilice la historia. Un alcalde ajeno e indiferente, el reacio dueño del terreno y su asustado novio son los representantes de ese pueblo que le niega a Juana –joven solitaria, pero corajuda– la posibilidad de enterrar el cuerpo de Marcial y las verdades que este desata. Sin embargo, ante la contundente y explícita negativa social, la agónica oposición individual quedará como una opción a reconsiderar: Juana con el cráneo de su padre insepulto, huyendo de esa ciudad, de ese tiempo, es la imagen final –de algún modo reparadora– que este montaje intuye.

Estrenada hace algunas semanas en el Teatro de la Universidad del Pacífico y a punto de finalizar su temporada, La hija de Marcial es, como ha escrito Alfonso Santisteban, ese tipo de «teatro [que] te hace preguntas certeras y difíciles, y no te da las respuestas que todos sabemos». ¿Cuáles son estas dudas medulares que la obra propone? Una de ellas –y con probabilidad la más audaz– es esa condición de victimario-víctima que sugiere: el muerto descubierto no es un desaparecido cualquiera, inocente, sino un presunto subversivo y, como tal, un despreciado en su comunidad: ¿cómo puede merecer entierro, reparación alguien que supuestamente atentó contra los suyos? Y, sin embargo, a través de la obra, nos damos cuenta de que sí, lo merece.

Otro aspecto visibilizado es la larga lucha contra la burocracia indolente que impide a Juana (y a tantos otros) enterrar a su muerto: no moverlo del lugar hallado y exponer sus vulnerables restos a las condiciones climáticas, a los perros, a trámites lentísimos que nunca resuelven nada y que, cuando lo hacen, solo confirman la prohibición de sepultura para este cuerpo abyecto. Algo más a destacar: los tiempos de posguerra que se retratan en los invisibles pero todavía atemorizados habitantes de Cruzpata (sombras que instigan e inculpan), pero también en la relación tierna y triste que esta hija va entablando con su padre a través de ofrendas coloridas y de reclamos inesperados que monologan toda una vida sin él. Estas y otras razones hacen que La hija de Marcial sea un proyecto oportuno, necesario, en la memoria cultural peruana.

La solvente complejidad que esta historia desarrolla quizá radique en que este no es un tema extraño para el director del proyecto. Héctor Gálvez (Lima, 1974) ya ha reflexionado sobre las secuelas del conflicto armado en filmes anteriores. Y aunque La hija de Marcial es su primera incursión en el teatro, él habla entusiasmado de su experiencia previa en estos temas: «el primer trabajo que tuve fue en una ONG que trabajaba con familias desplazadas por el terrorismo. De allí salió un poco el tema de Paraíso, mi primera película», estrenada en 2009. «Luego me fui a una casa realizadora, TV Cultura, a la cual le pidieron hacer los reportajes sobre el mandato de la CVR. Ahí tuve una inmersión en todo el proceso de violencia y como parte de eso salió Lucanamarca [codirigida con Carlos Cárdenas en 2008]. Creo que con todo esto se me fue presentando el tema de los desparecidos y desplazados».

Estrenó NN en 2014 y, al finalizarla, sintió que «era un tema tan complejo el de los desaparecidos… que no había podido abarcar o narrarlo con toda la profundidad que debía tener». Por ello, esta obra teatral es «un intento de subsanar, otra oportunidad para poder abarcar este tema». Así, a partir de una escena que presenció mientras grababa en una comunidad campesina –el hallazgo de un cadáver que esperaría un largo proceso de exhumación– escribió el primer guion, el cual resultó ser uno de los ganadores del concurso de dramaturgia Sala de Parto 2015.

Oswaldo Bolo: Una de las cosas que más me gustó de la obra fue que el desaparecido sea un acusado de ser senderista. En las producciones artísticas que tocan este tema hay un énfasis mayoritario en la víctima políticamente pura, ajena a cualquier bando armado, y por ello merecedora de un resarcimiento total. Pero se habla muy poco de los acusados, de los victimarios…

Héctor Gálvez: Sí, sí… eso no estaba en la prima versión, se fue dando. En la primera versión que escribí solo estaba la relación de esta hija con su padre. Un poco lo que se ha mantenido en la obra: que no vienen a exhumarlo por trabas burocráticas, que el pueblo lo acusa de que no llueve, se van enojando y pasa el tiempo. Pero me acordé de uno de los personajes de Lucanamarca al que no dejaron enterrar a su hermano en el cementerio, porque este fue dirigente de Sendero, por lo que guardaba el cráneo de su hermano en casa. Y también conversando con Ponciano del Pino sobre esta idea de que, en las comunidades, quién estuvo con Sendero y quién no es una línea muy delgada y compleja… muchas personas estuvieron en un inicio con ellos, pero luego con el Estado. Entonces, sentía que si el papá era acusado de ser senderista le daba más densidad, ya había más capas: esta cuestión de no perdonar. Porque ella, al final, no está pidiendo nada más que enterrar a su papá, no está pidiendo un homenaje, solo algo tan humano como enterrarlo. Pero me costó, ¿eh? Porque sabía que a mucha gente le podía incomodar. Y es finalmente una obra, yo en ningún momento estoy generalizando y pidiendo esto para todos los acusados de terrorismo…

O.B: Claro, eso se entiende. Igual no deja de ser un gesto audaz el que se haya evidenciado bien esa suerte de repudio para el victimario (o en este caso para el presunto victimario), pero que finalmente no deja de ser una víctima, ¿no?

H.G: Exacto, es como una víctima de la víctima: la gente que murió asesinada por Sendero o por el Estado son las víctimas… pero este señor o la hija precisamente de Marcial es víctima de estas otras víctimas: la molestan, le impiden enterrarlo… Y ahí pues entramos a terrenos que normalmente no se hablan sobre la violencia, sobre los desaparecidos.

Héctor Gálvez habla rápido. Mueve las manos para afirmar una idea, ríe con facilidad. Su cabello permanece desordenado, largo y en tonalidad gris, al igual que sus cejas pobladas, puntiagudas. Se le nota amable, cordial, como si se tratase de esos sujetos un poco despistados, olvidadizos, que todo el mundo estima. Mientras conversamos, repite el gesto de acomodarse infructuosamente el cabello: un intento por remarcar la orientación de esas greñas plomizas, desatadas.

H.G: A mí lo que me interesaba (y fue muy loco porque justo cayó en la coyuntura) es que quedara claro que nadie está diciendo “hay que perdonar a este presunto culpable”, solo están pidiendo darle un digno entierro. Pero el odio, el resentimiento, la histeria del pueblo no lo ve como igual, no lo puede permitir… y esto tiene mucha conexión con lo que está pasando ahora, ¿no? Justo estrenamos la obra y salió lo de Garrido Lecca y yo me decía “oye… ¡¿qué es esto?!”

O.B: Toda la prensa persiguiéndola por la Panamericana Norte…

H.G:  Claro… Eso de que la vamos a declarar persona no grata y que no la vamos a dejar entrar a Miraflores. Nadie está diciendo perdonarla e irse a tomar un café con ella, que sea tu amiga, pero es una cuestión de respeto, de un mínimo respeto. Porque no puedes caer en el mismo nivel de locura y fanatismo al que llegó ese grupo de personas, ¿no? Y eso también se ve en la obra cuando la gente de la comunidad no la deja enterrarlo y el dueño del terreno dice eso de “pensé que iba a olvidar, pero no”.

O.B: Eso también lo explicita el desarrollo del personaje de Juana, ¿no crees? Hay todo un gesto de aproximación hacia su padre que la obra va mostrando…

H.G: Sí, ese es un punto que me costó también, ¿cómo se relaciona una chica con un padre que nunca ha conocido?, ¿cómo le habla?, ¿qué le dice? Eso tuvo muchas versiones, muchos cambios. Porque no es una aproximación en la que se acerca y ya. También hay dudas y resentimientos, como cuando le dice “por qué nos dejaste”. Eso es algo que me costó mucho en el texto: increpar a un desaparecido, sobre todo esa parte cuando le dice “por qué has vuelto”.

O.B: Como se lo dice a su novio: “justo ha vuelto cuando estaba empezando a olvidarlo”.

H.G: Sí, sí, siento que quería romper un poco esa idealización. O sea, yo entiendo perfectamente (porque he trabajado durante mucho tiempo en comunidades campesinas) las luchas que los familiares han llevado, y eso no se niega en ningún momento, pero no sé si todos los familiares tienen esta misma fortaleza. Es un poco como yo les preguntaba a los actores: ¿es un buen hijo porque está pensando siempre en el papá?, ¿es un mal hijo porque quiere olvidar?, ¿por qué no va a querer rehacer su vida? Ahí hay un gran conflicto.

O.B: O también la versión contraria: ¿por qué el padre desaparecido tuvo que ser necesariamente un buen padre?, quizá era una mala persona y desapareció.

H.G: Exacto, porque eso humaniza, le da contrastes, diversas caras, entras a un terreno más allá de lo idílico. O sea, nuevamente no intento generalizar ni faltar el respeto, pero claro, en el local forense de Ayacucho hay cuerpos que no vienen a recogerlos… A ese terreno quise entrar, el de complejizar.

O.B: Y eso también tiene que ver con el final de la obra, que conecta muy bien con el de NN. Frente a la imposibilidad burocrática, estructural, social… el individuo intenta lucharla, jugársela, hacer lo mínimo para salirse de esa situación. En el caso de NN es darle el cuerpo a esta persona, aunque no sea precisamente suyo; y en La hija de Marcial es llevarse el cráneo del padre, un salirse de esa imposición castrante…

H.G: Sí, sí… y eso salió poco antes del estreno, ¿ah? La misma Kelly [la actriz que personifica a Juana] me decía que no se sentía a gusto con su personaje yéndose así, tan derrotada, tan vencida. Y justo Ponciano dijo lo mismo. Entonces surgió el tema de la chalina y el cráneo. Y es curioso porque en NN uno de los finales iba a ser que el personaje de Paul Vega se llevara los huesos. Así que mira, aquí ha vuelto esa idea… Pero sí, me gusta mucho cómo ha quedado el final de la obra.

O.B: Héctor, ¿qué es aquello que, a diferencia del cine, te ha gustado más en el teatro? Pero también, ¿qué crees que tiene el cine que lo singulariza respecto del teatro?

H.G: El teatro te permite ser más poético. En el cine todo es mucho más tangible, más realista. En el teatro se puede estar cambiando, es mucho más maleable, siempre estamos replanteando las escenas. Ahora mismo tengo una idea, por ejemplo, una imagen que estoy trabajando, que podría ser para teatro pero que me atrae y me atemoriza a la vez porque me digo “¡¿qué, te vas a meter a hacer teatro, vas a dejar el cine?!”. Siempre he hecho cine, he trabajado en audiovisuales, pero yo sé que siempre me ha gustado más escribir: textos para hacer cine y, bueno, ahora para teatro. Por otra parte, yo creo que el cine tiene, a diferencia del teatro, esa capacidad para evocar realidad, de que tú estás viendo algo real. Funciona como una proyección de realidad y verosimilitud. Pero, mira, hablo del cine y ¡qué loco!, lo hablo como algo lejano, como algo de lo que me he desconectado. Pero bueno, tampoco es para tanto.

La temporada de La hija de Marcial en el teatro de la Universidad del Pacífico va hasta el 2 de octubre 2017, con funciones de jueves a lunes a las 8:30 pm, y domingos a las 7 pm.​

Desaparecer, recordar y teatralizar. Una conversación con Héctor Gálvez, director de ‘La hija de Marcial’

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